dimarts, 10 de desembre de 2013

Entrevista al escritor cubano Enrique del Risco
 por Juan Carlos Romero Mestre
en la Revista Hispanoamericana de Cultura OtroLunes

En qué momento decidió que quería escribir?
Empecé a escribir en la adolescencia en respuesta a pulsiones muy concretas: algo que creí una injusticia o una falsedad, deseos de competir con alguien, alguna muchacha. Más tarde empecé a colaborar con textos humorísticos en publicaciones periódicas. No comencé a escribir “en serio” sin embargo hasta que, en medio de aquella debacle que llaman graciosamente Período Especial, muchas de esas publicaciones desaparecieron y por tanto también esa comunicación inmediata con el lector. Entonces me di cuenta que, no obstante, no podía (o no quería) dejar de escribir pero al mismo tiempo debía enfrentarme al hecho de la escritura de otra manera, como si los lectores que alguna vez dieran con lo que escribía no tuviesen por qué saber en qué circunstancias mis textos habían sido escritos. Y yo creo que ahí está el origen de lo literario, cuando se adquiere la conciencia de que el cómo es mucho más importante de para quién o para qué
¿Qué le aporta la escritura y la literatura, piensas que vale todo en la literatura? 
La literatura me aporta paz y al mismo tiempo inquietud, esa que viene con la obligación de ver la realidad más allá de las convenciones, de la conveniencia o de los rencores personales. Y dicho esto se puede decir que en literatura vale todo siempre y cuando no sea obviamente falso o demasiado fácil (como matar a un niño no por necesidades de la historia sino como el modo más cómodo de conmover al lector).

¿Qué es necesario para que una novela interese a los lectores?

Eso depende de los lectores. Y claro, el modo en que se escribe es un indicador del tipo de lectores que se está buscando. En mi caso busco lectores a los que no les interese que los impresione por lo que les parezca yo como escritor sino por la historia que tienen en las manos. Eso sí, siempre busco sorprenderlos. No con un misterio más o menos obvio pero sí con el lenguaje, con la densidad de los personajes, la intensidad de la trama y con cierta perspectiva de la vida más o menos personal e intransferible.
¿Cuales son sus géneros favoritos en la lectura, sus autores y quiénes le han influido más?
No tengo géneros favoritos si hablas de subgéneros como el policiaco, la novela histórica, la ciencia ficción, etc. El género entendido como un sistema de convenciones que se cumplen con más o menos lealtad termina siendo aburrido tanto para el autor como para el lector. Hubo una época en que me gustaba más el cuento que la novela y ahora me producen -por razones distintas- más o menos el mismo placer. Aunque desde siempre me han gustado los libros históricos, las biografías, el ensayo literario, últimamente también he descubierto cierta propensión por las memorias, los libros de entrevistas a autores con algo interesante que decir o los epistolarios. Y claro, la buena poesía que es una parte ínfima de la que se produce pero sin la que la literatura y hasta la vida toda no tendría sentido. Y la filosofía de la que se puede decir casi lo mismo que de la poesía. Los autores que me han influido han sido muchos aunque no estoy seguro en qué proporción su influencia se hace notar en mi escritura. Uno va llegando a la edad en que ve la influencia como algo lejano e inexplicable (¿Cómo fue que este o aquél en algún momento me impresionaron tanto?) pero sospecho que es algo que no deja de estar ocurriendo. Es algo así como mencionar todas las comidas que uno ha disfrutado y encima determinar cuánto han intervenido en tu desarrollo físico.
A qué se dedica cuando no escribe?
Más bien es al revés. Cuando no estoy dando clases en la universidad, haciendo cosas con mi familia, cocinando, leyendo, viendo películas, yendo a museos, galerías o pasando ratos con amigos es que por fin me siento a escribir. Me quitan tiempo de escribir pero me nutren como escritor y sobre todo como persona. Técnicamente no soy un escritor profesional así que escribir sigue siendo mi máxima diversión, un vicio al que dedico casi todas mis vacaciones que en el caso de los profesores son larguísimas.

¿Cuál es su método de escritura? ¿Anota lo que se le ocurre?
No tengo mucho método y es algo que trato de subsanar. Para los cuentos me basta algún apunte en el que por lo general está el germen de toda una historia. Una frase formada de elementos que al reaccionar entre sí desencadenan todo lo que tengo que contar. Las novelas sí requieren de algo más de disciplina y hasta un tipo tan desorganizado como yo tiene cuadernos llenos de apuntes sobre personajes, escenas, situaciones, frases observaciones y un diagrama de la estructura de la novela que parece un plan de batalla. Prepararse a armar algo que parezca más real que la propia realidad durante más de doscientas cuartillas no es poca cosa.
¿Si pudiese ser un libro, cuál sería?
No me gusta la idea de ser un libro, un objeto siempre tan expuesto al abandono, al maltrato o a la adoración idiota pero puestos a escoger un estilo, una manera de ser, sin dudas preferiría ser El Quijote, ambas partes quiero decir. Entretenido, divertido, largo, intenso, serio, complejo, profundo y ligero al mismo tiempo. Conseguir ese tono en el que las cosas más importantes se dicen sin esfuerzo aparente ha sido siempre mi mayor ambición.

¿En qué proyecto se encuentra sumergido en estos momentos?
Como ya he contado otras veces se trata del proyecto más ambicioso en el que me haya inmerso hasta ahora: una trilogía que tiene como eje la presencia cubana en la zona en la que vivo desde hace años: la Trilogía cubana del Hudson la llamo. Tres novelas en tres siglos distintos centradas en tres formas artísticas distintas: la literatura, la música y las artes visuales. No dejo de recordarle a cualquiera que me pregunte que buena parte de los principales símbolos de la nacionalidad cubana se crearon a orillas del Hudson: el escudo, la bandera, la novela fundacional del siglo XIX “Cecilia Valdés”, el Partido Revolucionario Cubano, los “Versos sencillos”. También por acá Ignacio Cervantes compuso algunas de sus danzas más hermosas y se hicieron buena parte de las grabaciones más importantes de la música cubana desde el Trío Matamoros a Paquito D’Rivera. ¿Sigo
¿Se escribe por placer o también por dinero y reconocimiento?
Por dinero se escribe para un mercado vasto como el norteamericano o para el mercado en español cuando Latinoamérica era todavía un continente. O cuando vendes los libros en el Primer Mundo y vives en un sitio donde el dinero rinde decentemente como en Ruanda o Mantilla. Lo cierto es que hay otras formas mucho más eficientes y honrosas de ganar dinero como vender carros o traficar con cocaína. Eso por tanto nos evita a muchos escritores uno de los pecados capitales, la avaricia, como motivación para escribir pero no otro como es el de la soberbia (traducido por ti como reconocimiento). Y claro que hay placer en escribir o en darte cuenta que tal frase o tal página que no suena mal la escribiste tú pero para estar machacando teclas durante décadas se necesita –a falta de dinero- un motivo más fuerte incluso que el placer. Voy a definirlo como una suerte de compulsión -parecida a la que te hace caer en cualquier otro vicio- con la diferencia que esta te obliga a inventarte situaciones, vidas, mundos mediante un intenso trapicheo de palabras.

¿Dominas los recursos de estilo, las figuras literarias o escribes con estilo propio y sigues experimentando y aprendiendo?

Nadie que se tome este trabajo más o menos en serio te dirá que lo hace mediante el dominio de ciertos recursos o figuras, incluso aunque sea cierto. Escritor que no trate de reinventarse todo el tiempo –lo de tener un estilo o no es secundario- está muerto y dudo que exista alguno que acepte reconocer que es un cadáver porque como se sabe los cadáveres no hablan.
Se habla que los escritores deben cuidar y ofrecer obras depuradas utilizando recursos narrativos o encuentras bien que lo que se cuenta, se limite a contar como se cuenta en la sobremesa.?
En todas partes se usan recursos narrativos: da igual que sea en una novela o sentado alrededor de una mesa. Y la simplicidad de un texto escrito puede y debe ser tan laboriosa como la prosa más alambicada. La diferencia es que las historias de sobremesa tienen todo a su favor: la buena compañía, el placer del hartazgo, el embotamiento de los oyentes y la tendencia de la memoria a exagerar aquello de lo que no guardamos copia exacta. Para competir con una buena historia de sobremesa (o con aquellas historias amasadas por generaciones y contadas alrededor de una hoguera) al escritor no le queda otro remedio que contar con todos los recursos e invenciones de que pueda disponer independientemente de que el resultado sea sencillo o complejo en apariencia.
¿Regalas libros en alguna ocasión?
Regalo libros, por supuesto. Y música. Eso junto a los sombreros y las corbatas siempre vienen bien sin importar que el receptor haya subido o bajado de peso.

¿Crees que la literatura cubana esta de moda?
Más que la literatura cubana creo que lo que estuvo de moda fue el tema “Cuba” sobre todo en los 90s. Hasta entonces Cuba había sido más que nada el escenario de libros de viajeros maravillados con el paraíso. Es curioso que cuando todo aquél espejismo se esfumó, Cuba se convirtiera en carne de ficción de medio mundo, no sólo de los escritores cubanos. Si pensamos en Dante podríamos concluir que los infiernos son más estimulantes para la ficción que los paraísos o hasta los purgatorios. El entusiasmo se aplacó luego pero Cuba, con todo lo que evoca, (nostalgia por el paraíso, miseria, sexo a raudales y a precios módicos, el salvajismo que suspende cualquier reclamo de verosimilitud, música, etc) ha incrementado su atractivo en su condición de mina narrativa para el que quiera aprovecharla. Y eso lo veo muy bien. Lo que no veo tan bien es que obliguen a alguien -por el hecho fortuito e irremediable de haber nacido y vivido allí- a repetir esos tópicos.

¿Crees que el escritor, en tanto figura pública tiene responsabilidad social?
En una sociedad “normal” (recordemos que la autocracia sigue siendo la norma en este mundo) con instituciones democráticas, prensa independiente, etc., el único deber del escritor es escribir bien. (Entiéndase escribir bien no como escribir bonito sino como una escritura relevante, subversiva en algún sentido con respecto al lenguaje y el resto de las convenciones sociales). Intervenir o no en la esfera cívica es su opción de la que hace uso con toda la libertad que le sea posible, como cualquier otro ciudadano.
En cambio en una dictadura las instituciones que mencionaba antes no existen y un escritor antes de publicar la primera letra debe preguntarse cómo es que a su gremio –me refiero al de la creación artística en general- es al único al que dejan expresarse con alguna libertad, aunque sea para referir sus miedos infantiles. Y la respuesta no es que las dictaduras tienen una especial debilidad por tu talento para contar cómo te orinabas en la cama. La única respuesta honesta es reconocer que eres víctima de un chantaje para silenciar a todo un pueblo. O lo aceptas o te resistes
Las opciones –por supuesto- no son fáciles porque ya conocemos todos lo recursos de que dispone el poder si te le resistes (entre ellos el tiempo que es el recurso más disuasorio de que dispone: una buena dictadura es lo más parecido a la eternidad que podemos producir los humanos). Por otro lado la vergüenza de aceptar algo en lo que no crees suele provocar daños irreparables incluso en la capacidad creativa algo que tanto depende de la autoestima porque no hay que olvidar que todo creador al menos en el momento de la creación debe pensarse como alguna variante de dios. En cualquier caso la de la rendición- resistencia es una disyuntiva perversa que debe enfocarse con mucho cuidado cuando se está en esa situación y mucha humildad cuando se le juzga desde afuera. Hay que pensar que las denuncias, aunque necesarias en el plano cívico, tienen escasa vida literaria pero aún así entre el panfleto y el colaboracionismo hay todavía bastante espacio para crear. Exigir deberes fuera del de escribir bien se parece mucho a la exigencia de respaldo por parte de las dictaduras. Ninguna respuesta es fácil a excepción del oportunismo de llamarse apolítico cuando el poder atropella y luego darle todo tu apoyo cuando te lo pide.

¿Cómo le ha cambiado el mundo de la tecnología y el e-book?

Debo de haber sido de los pocos escritores cubanos que en principio no le hizo ascos a la nueva tecnología y de los primeros que tuvo un sitio web estable (desde el 2001). Además tengo una larga historia de colaboraciones con publicaciones virtuales y desde el 2007 llevo un blog (www.enrisco.blogspot.com). Al contrario de muchos escritores no soy tecnófobo pero aún así sigo siendo torpísimo si de tecnología se trata. Por otro lado no creo que nada de eso haya afectado mi manera de enfocar lo literario. Mis libros los sigo concibiendo como objetos de papel aunque el último (Siempre nos quedará Madrid) ya cuente con edición electrónica. Para el mundo virtual he dejado mi escritura más urgente, la que busca un contacto más inmediato con mis contemporáneos. Y sí, tengo un par de tabletas electrónicas (kindles) y en ellos he leído un 20% de los libros que he leído en los últimos tiempos.

¿Sentías que habías nacido con vocación literaria, cuales son tus verdaderos orígenes en ese sentido?

No, no creo que haya nacido con vocación literaria si por ello se entiende que desde que tengo memoria me sentía destinado a ser escritor. Crecí rodeado de libros, era un lector voraz desde pequeño, mi madre que es profesora de literatura me recitaba a Sor Juana Inés y César Vallejo incluso antes de que aprendiera a leer pero no creía que eso me predispusiera a escribir en la misma manera en que ver películas no me predisponía a hacer cine. Mi vocación de niño era la Historia y esa fue la carrera que cursé en la Universidad de La Habana. Fue más bien tarde que me di cuenta que en Cuba no tenía la más mínima posibilidad de ser historiador –sobre todo de la historia más reciente que era la que más me importaba- frente a un poder que tenía el control absoluto de los archivos. Cuando me di cuenta de eso ya había escrito bastante así que la deriva hacia la literatura, dados mis antecedentes, fue bastante natural. Y de paso saldé mis deudas como mi primera vocación escribiendo “Leve Historia de Cuba”.

¿Lamentas que tu vida literaria no se hubiera desarrollado en otro medio más propicio?
Ya te hablé antes de lo estimulante que puede ser el infierno para la creación literaria y encima tuve la suerte de escapar de él antes que me achicharrara. Luego incluso tuve la suerte de poder hacer la digestión de aquella experiencia en dos sitios tan estimulantes como Madrid y Nueva York. La verdad es que no tengo razón alguna para quejarme.
¿Crees que la literatura cubana a veces tiene serios altibajos?
Una literatura producida por una nación relativamente joven constituida por trece millones de personas debe sentirse afortunada si de vez en cuando aparece un escritor que valga la pena y en eso hemos tenido mucha suerte. La mala suerte ha sido en casi todo lo demás, empezando por la política. Los últimos veinte años -si es lo que te interesa saber- no han sido los mejores pero -sobre todo si se tienen en cuenta los veinte años anteriores a esos- tampoco los peores.
¿Qué libros han cambiado tu vida?
Cada vez creo menos en la idea de que un solo libro te cambie la vida. Definitivamente. Lo que sí hacen es estremecértela y luego de ese estremecimiento dejan sedimentadas correcciones de tu visión de las cosas. Y eso está pasando todo el tiempo. Tendría que hacerte la historia de mi vida contada por mis libros y habría que empezar con L”, O”, luego Julio Verne y Salgari, Las mil y una noches, el Decamerón de Bocaccio (lo leí muy niño y aunque fue muy especial apenas afectó mi inocencia sexual), todo Mark Twain y luego los humoristas cubanos como Pablo de la Torriente Brau, Behemaras y Zumbado y de casi cualquier parte como Woody Allen, Slawomir Mrozek, Augusto Monterroso, Kurt Vonnegut, Hasek. También en la adolescencia me impactó todo Salinger (que no es mucho) y luego Vargas Llosa, El otoño del patriarca de García Márquez (que me explicó la naturaleza del castrismo como ningún otro), todo Kundera empezando por La broma, las novelas de Hrabal, los cuentos de Raymond Carver por supuesto, los de Arreola, Chéjov, Kafka, Borges, Onetti, Mishima, Kapek. Nuevas inquisiciones de Borges me deslumbró desde las primeras líneas como el Quijote porque es de esos libros que te cura la bobería ilustrada de que los humanos evolucionamos. Ya allí está todo inventado de ahí que pese al lenguaje nos parezca tan contemporáneo. Faulkner con su Luz de agosto, Nabokov con Lolita. La literatura rusa del XIX de Gogol a Tolstoi y El maestro y Margarita de Bulgakov, el Menos que uno de Joseph Brodsky, los Relatos de Kolimá de Shalamov  y últimamente las memorias de Nadezdha Mandelstam. También la trilogía Los sonámbulos de Hermann Broch y las memorias de Sandor Marai. Y claro que me olvido de un montón que me pudieron impactar en su momento tanto o más que los anteriores pero suerte casi todos están muertos.Pero si hablamos de impacto, de cambio en la vida nada como un par de párrafos sobre el general Antonio Maceo que al terminarlos allá en primer grado me di cuenta de que ya sabía leer un texto y entenderlo y que en lo adelante el acceso a los libros iba por mi cuenta.
El regreso, la nostalgia, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. ¿Tienes la obsesión del regreso a tenor de los nuevos cambios?
Dejé el país en un estado tan desastroso, me hicieron ver con tanta claridad que yo sobraba allá, que la nostalgia no es precisamente una obsesión para mí. Si a eso sumas que he podido sacar a mi familia y que la gran mayoría de mis amigos se han ido te darás cuenta que en mi caso la nostalgia es un lujo que no me interesa permitirme. Si me interesa aparecerme en Cuba es para entender de primera mano qué es lo que ha cambiado, parparlo por mí mismo. Sin embargo el tránsito por los consulados y aduanas todavía se me hace un trámite insoportable de sólo pensarlo.
¿Has tenido que esquivar la censura en tus escritos?
En Cuba uno tenía la conciencia de que había nombres que no podían pronunciarse más que para alabarlos y aún así con mucho cuidado. De modo que cuando se trataba de Fidel Castro tenía la precaución de poner “el Presidente”, uno de sus eufemismos oficiales. Los editores o dejaban pasar las alusiones si no eran muy evidentes o si el texto no les dejaba otra opción no lo admitían y eso me ocurrió varias veces. Una vez le mentí descaradamente a uno de esos editores- censores diciéndole que el león que despanzurraba a un conejo en una fábula no aludía a Fidel Castro sino a Robaina, el canciller de entonces y aliviado –supongo- por la propia mitología castrista de que todo lo malo en Cuba pasa por culpa de los subalternos me lo dejó pasar. Esa fue la única vez que esquivé a la censura. Todas las demás veces o me censuraban o me dejaban pasar los textos porque tontos –en general- no eran. Si pecaban de algo siempre fue de sobreentender los textos más que el más sutil de los críticos no de timidez interpretativa.

¿Hay algún género más eficaz para trascribir la realidad cubana?
Eso depende del escritor. Hay géneros que no son recomendables como el panfleto o la propaganda descarada pero eso vale para cualquier otra realidad.
¿Crees que la cultura cubana tiene déficit de monografías, memorias históricas que den profundidad a esta cultura?; cómo se puede suplir este vacío?
Sí lo creo, lo he dicho públicamente y hasta he tratado de cumplir mi parte con mis memorias madrileñas. Por otro lado he visto en los últimos años una persistente tendencia a la evocación tanto dentro como fuera de Cuba de figuras y fenómenos del pasado reciente. Para poner ejemplos concretos han aparecido no pocas biografías de músicos, monografías sobre géneros musicales y hasta un diccionario de la música. Lo que se echa en falta es lo disparejo del esfuerzo, lo mal preparados que están muchos autores para enfrentar el tema de que se trate, la cursilería rampante en algunos casos, el afán de pasar la cuenta a viejos enemigos en otros y el miedo que permea cualquier visión de conjunto y lo mal editados que están en general. Eso entre los de adentro con las honrosas excepciones de siempre. En los de afuera detecto apuntes muy prometedores pero que raramente llegan a cuajar. En general son proyectos poco atractivos desde el punto de vista comercial y suelen requerir de un apoyo institucional, una estabilidad de algún tipo que muchas veces no existe.

¿Sin memoria histórica no hay imaginación?
Dije no hace mucho en una entrevista que sin memoria no hay imaginación y sigo estando de acuerdo con eso. La imaginación, está claro, no sale de la nada. Si quieres otra frase te diría que la imaginación es la que se encarga de rellenar la brecha que hay entre la memoria y el deseo y eso lo hace sobre variaciones y recombinaciones de los recuerdos.
Ahora bien, el adjetivo “histórica” lo cambia todo porque se refiere a un pasado colectivo y, tratándose de mucha gente con un mínimo común denominador tan vago como haber nacido aproximadamente en el mismo sitio o pertenecer a la misma especie a veces el olvido es más importante para alimentar la imaginación colectiva que la misma memoria.

¿Qué significado tiene para ti la ciudad dónde has vivido la mayor parte del período de exilio?

Vivo en West New York, New Jersey separado de Manhattan apenas por el río Hudson. O sea que en términos cubanos trabajo en La Habana pero en realidad mi casa está en Regla así que disfruto mucho de esa doble vida entre el barrio (y ese mundo íntimo de amigos que hemos construido allí) y el cosmos que es Nueva York. En Nueva York trabajo, voy a conciertos, exposiciones, al teatro, paseo, voy a restaurantes, me encuentro con otros amigos, les enseño la ciudad. Aquí en el barrio –cuyas dos manifestaciones culturales más importantes son comer en los restaurantes locales y tirarle fotos a Manhattan- en ese aspecto tan personal como es el de la convivencia he podido hacer lo que en La Habana sólo pude hacer a medias: que mi casa se convierta en una suerte de centro de reunión de gente querida y cercana. Más no puedo pedir.
Qué objetivo persiguen sus libros?
Mis libros -como cualquier libro- son un diálogo con los muertos, con los que no han nacido y con los que están todavía vivos. En ese diálogo uno intenta imprimir a su voz de una tonalidad, unas preocupaciones y una visión lo más personales posibles pero sin que al mismo tiempo dejen de ser comprensibles. En el Museo Metropolitano de Nueva York hay un templo del antiguo Egipto de hace unos dos mil años. Pues en las columnas se pueden ver perfectamente las inscripciones de visitantes de principios del siglo XIX. “Leonardo, 1812” y letreros por el estilo. Uno podría pensar que ese tal Leonardo trató de establecer un diálogo con el pasado representado en ese templo y con el futuro encarnado por visitantes al museo como yo mismo. Sin embargo frente al misterio del templo todo lo que me dice el tal Leonardo es que había conseguido llegar hasta Egipto, que sabía escribir su nombre, que sabía contar y que tenía muy poco respeto por aquellas ruinas. Traigo esto a colación porque mi idea de un diálogo literario verdadero es que la voz con la que uno interviene debe –sin ser sumisa a las expectativas que existen al respecto- estar a la altura de esa conversación. Escribo convencido en que si no lo hago yo alguien lo va a hacer por mí (con otra voz, otro tono, otros intereses) y seguramente no saldré muy complacido de la imagen que ese alguien dará de mí, de mi tiempo. Por tanto si voy a hablar deberé hacerlo con cierto sentido del humor, con cierta ironía o con cierta distancia (que es lo mismo), de las cosas que más me molestan y las que más me complacen. Debo demostrar la capacidad que tenemos la gente en este tiempo de referirnos al mundo sin engolar la voz y al mismo tiempo no ser decididamente chabacana, de escribir con un mínimo de pudor evitando a partes iguales la insensibilidad y el patetismo.
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