dilluns, 4 de maig de 2009

Ana Maria Matute escrito por Enrique Sentis abril09

“Paraíso inhabitado”. Apuntes y evocaciones de una tertulia con Ana María Matute.

“todos los escenarios de la memoria están habitados por un rostro” (Felix de Azúa).

Vi por primera vez a AM Matute hace más de diez años en la puerta de la Clínica Quirón de Barcelona. Acompañaba, ese día, a mi madre a una consulta médica.

Mamá y AMM se saludaron cariñosa y efusivamente. Conversaron durante unos minutos con una familiaridad que solo puede mostrarse en los encuentros de dos personas que se han conocido durante su niñez o adolescencia y que el paso del tiempo y de una vida no han adulterado: los reconocemos por el nombre propio , que oímos y leímos hasta la saciedad y que permanece despojado de toda referencia social , como entonces, y por la mirada, “la puerta del ser” ( Hiri Hudvest ) , que apenas cambia hasta nuestra muerte.

Algunos meses antes de nuestro encuentro literario la vi en televisión, en el programa “saló de Lectura” donde la entrevistó Manzano y en la que, junto a otros contertulios presentaban su último libro “Paraíso inhabitado”. Me cautivó su hablar pausado sigiloso, con un castellano de gran pureza y simplicidad como si andará de puntillas sobre él y con una aparente candidez en sus palabras que solo tienen los grandes lectores , “los leones” que diría Fernando Savater, de cuentos: casi cualquier tema que trataba en la entrevista estaba revestido de un halo mágico y de una picardía que yo no había visto ni oído desde mi infancia.

Su palabrear, sus formas y gestos, me recordaron a un viejo maestro de mi infancia escolar de esos que no tienen una materia concreta que enseñar y que son utilizados como comodín para impartir materias “secundarias” .Después de comer nos explicaba cuentos en el jardín de la escuela,(¡Que belleza estar al aire libre y que te cuentes historias!) de reyes, príncipes y princesas , que se convirtieron en un rito:”los casos del Sr. Cervera”.

Aquellas historias nos capturaban de tal modo que no podíamos dejar de prestarle atención porque estaban impregnadas de misterio e intriga. Creo que aprendimos más a escuchar y a expresarnos con él que en todas las clases de gramática de aquel año. Aún recuerdo mi sorpresa cuando al ver “Hamlet” por primera vez reconocí uno de sus “casos” y pensé:”¡Anda pero si es la historia del príncipe de Dinamarca que nos explicaba el Sr. Cervera!”.

De la tertulia con Manzano en “saló de lectura” se quedó grabada en mi memoria una frase que citó AM Matute , que es un cita de “Paraíso inhabitado”: “Tal vez la infancia es más larga que la vida” Estas palabras, junto con el enigma y el misterio que me provocó el titulo de la novela me cautivaron, me hechizaron y durante unos días fui dándole vueltas a su sentido.

¡Es cierto, en nuestra alma infantil, en nuestro mundo de pulgarcitos no tenemos límites!: el tiempo se extiende sin horizonte, un verano es un siglo, creemos que nuestro universo familiar, social es inmodificable y perdurable y la muerte, sencillamente no existe. Vivimos en una inocencia que tiñe de eternidad nuestras percepciones. Hasta que de golpe, bruscamente, un suceso: la muerte de uno de nuestro padres, el exilio, la ruptura o el final de un gran amor infantil o adolescente le dan la estocada final, la herida de muerte a un universo amurallado, que tal vez estaba ya extinguiéndose y que hasta entonces permanece protegido del mundo de los “gigantes” (es el calificativo que les da a los adultos Adriana la niña protagonista de “Paraíso Inhabitado”).

V. Nabokov se refiere a ello en su libro de memorias “Habla Memoria” cuando dice: “Cierta sensación de seguridad, de bienestar, de calor veraniego empapa mi memoria. Aquella robusta realidad convierte el presente en un fantasma; El espejo rebosa de luminosidad: un abejorro acaba de penetrar en la habitación y choca contra el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará jamás, nadie morirá nunca”).

La tarde de la tertulia en la Librería Bernat , cuando yo llegue A.M. M .estaba sentada en uno de los sillones de mimbre que Montse la dueña de la librería y organizadora del acto , tiene en la entrada a modo de pequeño recibidor. Se había ya acomodado al lugar y estaba conversando, con un whisky en la mano, con algunos de los contertulios entre los que estaba Marta, a quien Montse le había encargado traer a AMM de su domicilio a la librería. Marta me confesó que en la conversación previa que habían mantenido durante el trayecto en el coche había advertido a AM M que el culpable de que la tertulia de ese día 14 de abril,- por cierto, fecha de la proclamación de la 2ª república en España en 1931 y escenario de los primeros capítulos del libro y de la infancia de la autora -era yo por haber propuesto su lectura. También le puso en antecedentes respecto a quien era mi familia y creo que no le costó mucho a AM M situarme.

Después de mi presentación la saludé y le dije: soy uno de los hijos de Margarita. Su rostro se iluminó y me respondió:”¡Margarita. Cuando nos conocimos en el colegio, tuve la impresión de que venía de un mundo muy diferente al nuestro!

El comentario sobre mi madre de adolescente me produjo un sentimiento de nostalgia y a la vez de curiosidad. Esa curiosidad que solo despierta aquello que nos cuentan sobre la vida de nuestros padres del periodo anterior a que lo fueran. Las referencias que yo tenía me ayudaron a imaginar que quería decir con sus palabras… “venía de un mundo muy diferente al nuestro”: el origen francófono de su padre, su estancia durante la guerra civil en un pueblecito de la costa azul, su “modernidad” en la forma de vestirse, su desenfado en la forma de comportarse……

El universo infantil de la protagonista de la novela repleto de episodios, referencias y de recuerdos familiares y las palabras de AMM sobre mi madre me provocaron, desde el inicio de la tertulia, una inmensa ternura hacia AMM en el que se mezclaron la historia de Adriana , la protagonista del libro y algunos retazos de mi memoria sentimental. La historia construida en “Paraíso Inhabitado” desvelaba con precisión algunos recuerdos y las emociones asociadas a ellos, como esos descubrimientos de mosaicos griegos que ocultan pinturas que, al estar protegidas de la intemperie, conservan toda la intensidad de sus colores.

Nada más iniciarse la tertulia Montse le preguntó a AMM si su libro era autobiográfico. Respondió que no, salvo algunos episodios (el episodio del cuarto oscuro, un vecino ruso que tuvo en su infancia) y a continuación añadió, en un tono entre juguetón y provocador: ”De todas formas aunque no sea así siempre el escritor está en una de sus novelas”.

El libro relata dos episodios bellísimos con un poder poético altísimo.

El primero de ellos es la descripción de la cocina de la casa de Adriana:

”Había un gran desconcierto, un desorientado y desapacible ir y venir creciente, desde el corazón de la casa: la cocina. Allí donde se narraban cuentos, se desvelaban historias familiares, y se cobijaban secretos mal tapados: un enorme corazón latiendo, una llama infatigable desde antes de que yo naciera. Ecos de un fuego, que aún crepita en episodios familiares, gaceta diaria de sucedidos domésticos, todos envueltos en humo de pucheros, cazuelas y toda clase de suposiciones, rencores y, acaso, de vez en cuando, alguna esperanza o una chispa de amor”.

El fragmento sobre la cocina me produjo el “efecto mosaico griego”: Casi todas las dependencias del servicio doméstico (que era su territorio pero también el de los niños) están vinculadas a muchos de los recuerdos de mi infancia.

Al regreso del colegio el máximo placer era, con la merienda a cuestas, adentrarse en el cuarto de la plancha y escuchar las conversaciones de las criadas mientras, como u sonido de fondo, la radio permanecía encendida. El olor de a ropa limpia, con la plancha caliente y el agua destilada, los diálogos sobre los amores y desamores de aquel grupo de mujeres, los comentarios de las cartas que recibía Elena Francis en su programa radiofónico permanece vivo en mi recuerdo. Te sentías arropado, protegido aunque no comprendieras demasiado que les ocurría a aquellas mujeres (como le sucede a Adriana cuando las tatas hablan de los bandidos”) que necesitaban compartir los demonios del amor. Quizás ya entonces, en el deseo infantil por escuchar y dejarse envolver por aquellos encuentros domésticos, se encuentra uno de los orígenes de mi elección profesional.

La cocina, la habitación de Adriana, son los territorios de la infancia Creo que la novela de AMM es sobre todo una historia de territorios: en los espacios físicos, delimitando que territorio es el de los adultos (los “gigantes”) y el de los niños y que solo puede cruzar Adriana en paseos nocturnos clandestinos. También las alfombras son el territorio de juego de los niños en los cuales se sienten arropados y protegidos (“menos mal ahora ya sabe que hasta la alfombra le quiere y le arropa” piensa Adriana refiriéndose a Teo el sirviente de su vecino y cómplice de juegos Gavri).

Pero también es un relato de fronteras: las que delimitan el mundo infantil de el de los adultos, del tránsito de la infancia a la adolescencia………..

Otro de los bellísimos fragmentos de libro es el que describe un paseo por el parque (que fácilmente es reconocido como el Retiro de Madrid) el día de Navidad de Adriana , cogida de la mano de su padre, en silencio y comunicándose con leves apretones de manos.

La lectura del paseo provoca una ternura y un amor inconmensurables. Creo que ni el mejor psicoanalista infantil del mundo, que intentara transmitir que siente una niña de 5 años hacia su padre, no lo podría superar. Alguien le preguntó si el episodio tenía relación con algún acontecimiento real. AMM respondió.” Yo adoraba a mi padre, le quería muchísimo” y añadió que el episodio estaba vinculado a un paseo por el parque con su hijo, cuando este era un niño.

En la creación literaria de este episodio algo se anuda, se enlaza, que es “real” (el amor a su padre y el paseo con su hijo) para que en la ficción AMM creara un relato, que cobra vida propia como si se tratara de un cuento dentro de la estructura de la novela:”Conservo un recuerdo tan vivo de aquel parque, de aquel lento, largo y callado paseo por senderos flanqueados de blancura suntuosa, que nada podrá borrarlo de mi memoria. Despacio, muy despacio, sabiendo que nadie estaba esperándonos para incorporarnos a sus días llenos de sobresaltos y vacios, sin apenas transición……..”Creo que nunca, ni antes ni después, he mantenido con nadie una conversación más íntima, más explícita. Ni tan bella. Aquel paraíso solitario, aquel hombre y aquella niña solitarios, aquel parque solitario, aquel vagar sin rumbo y aquel silencio….”.

“La ficción literaria no es verdad o mentira- decía en una entrevista en el País creo que J. Marse-sino una revelación, mediante lo simbólico de lo que la realidad esconde”.

La lectura del paseo por el “parque de papá “(así le llama Adriana ya adulta al Retiro) me cautivaron, me envolvieron de tal forma que tuve la necesidad de releerlo varias veces. El texto provocó que quedaran fijadas en mi mente palabras como: “Lento y callado paseo”,…….”despacio, despacio”,” paraíso solitario” y pensara:”¡Claro, todos desearíamos que los instantes de felicidad,(AMM dice que es “esa palabra que no debe pronunciarse”) se detuvieran en el tiempo, fueran atemporales perdurables sin límite. La recreación de esos instantes mágicos del pasado quizás estén en un rincón de nuestra memoria y así nos permite esquivar el tiempo, hacerle un guiño seductor para que, como sucede con la ilusión óptica de un espejismo, esas escenas del pasado se conserven como una oasis en un desierto.

Más tarde pensé si tenía un recuerdo de mi madre, que mi memoria tuviera guardado en ese rincón mágico y aislado. Me encontraba, de nuevo, bajo el “efecto del mosaico griego” que había provocado el texto de AMM y las pinturas ocultas comenzaban a desvelarse y mostraban todo su esplendor.

Una mañana de agosto cuando tenía 11-12 años , me había levantado temprano y después de bañarme en el mar vagaba ,en traje de baño y con el torso desnudo, por la casa de mis padres en Port LLigat ( Cadaqués).Hacía un día espléndido: lucía un sol que a esa hora calienta, acaricia y el mar estaba en calma, (“despacio, despacio”….) inmóvil como la superficie de un lago. Cuando me acerque a la orilla, junto al embarcadero donde atracaban las barcas mallorquinas, llegaron, sigilosa y silenciosamente tres cisnes que aprovechando la placidez del mar se habían acercado hasta nuestra casa.

Mi madre, que era madrugadora, (siempre he creído que el placer por el despertar matinal me lo transmitió ella) me vio y me sugirió darle de comer trozos de pan a los cisnes . Mientras ella, cogió una pequeña cámara fotográfica que había comprado con mi padre no recuerdo bien si en Alemania o en algún otro país europeo y comenzó a disparar. Todavía conservo las fotos en un álbum que confeccionaba nuestra madre, a cada uno de sus diez hijos, en los que colocaba con es esmero y cuidado todas las fotos que recopilaba desde nuestro nacimiento.

Recuerdo con precisión cada uno de los detalles de esos instantes que efectivamente, están en mi memoria como detenidos en el tiempo: la luz matinal y la placidez del mar, el contacto de mi piel con la leve brisa del mar y del calorcito solar, la silenciosa llegada de los cisnes, mi madre dedicada a mí, algo excepcional en una familia tan numerosa que obligaba a compartir a mamá con otros “enanos”,…….todo ello creo, una sensación de intimidad, de complicidad, de ternura y de sensualidad que ha quedado en mi memoria como una pintura que incluye casi todo lo bello, que me transmitió mi madre:la pasión y el amor por el mar, por los baños matinales en verano, el placer de nadar y zambullirse en el agua para sentir el silencio de la profundidad. El día de después de la muerte de mi madre no pude evitar acercarme al mar, de madrugada y zambullirme en él…….Quizás como Adriana con el Retiro a la playita donde mi madre me hizo las fotos la llamaré a partir de ahora “La playa de mamá”.

Esta narración, este libro de AMM, bello, sugerente, cautivador, más que un libro sobre la infancia de una niña es un libro sobre la infancia con mayúsculas personificada por Adriana .Su imaginación y su fantasía son sus refugios porque no se siente aceptada por los adultos: un niña que necesita crear un paraíso , un universo en el que un unicornio de uno de los cuadros del salón de su casa vuela para entrar en un paraíso pero…… no lo consigue…. “Porque está vacío, porque nadie entró nunca antes, ni nadie entrará después” . (del cuento del “Rey Cuervo” de los hermanos Grimm ).Un paraíso inhabitado inaccesible e inescrutable para los “gigantes”.

Enrique Sentís Hortet abril 09